jueves, 29 de enero de 2009

Me llaman Búl













Barcelona, 2003. El 15 de Febrero de aquel año fue un día importante en mi vida ya que por primera vez ví la luz gracias a mi madre que, tras mucho esfuerzo, me expulsó de su barriga y se quedó tranquila de una vez. Fui el más grande de una camada de seis hermanos; lo cual sólo me sirvió para que se dilatara el período normal de adopción de cachorros que provienen de cruces preseleccionados con fines comerciales. O dicho de otra manera: dado que mis dimensiones y medidas físicas se salían del standard de raza, fui de los últimos de entre mis hermanos en lograr que alguien me adquiriera como mascota. Así que tuve que esperar hasta los 3 meses cuando una mañana el criador de mis padres me dio un poco de agua, me besó en la frente y me introdujo en una jaula en la que permanecí sentado varias horas mirando a mi alrededor que, dicho sea de paso, era bastante aburrido: otras jaulas con cachorros histéricos, cajas de cartón de las que salían sonidos de pájaros, algún que otro maullido, y otras cajas de las que nunca supe qué contenían ya que no se oía absolutamente nada. Probablemente había cadáveres dentro...

Pasaron, como digo, bastantes horas hasta que por fín se acabó el raro ruído de chaca chaca que se oía afuera de donde yo estaba metido en mi jaula. De repente, un humano (animal que se mueve a través de 2 patas) abrió la puerta de acceso a donde me encontraba yo en la jaula, la tomó en sus brazos, conmigo dentro, y recorriendo unos metros llegamos hasta otra puerta de acceso a un lugar (que más tarde supe que se llama "casa") y tocó un pito que había en la puerta, esperamos unos segundos y salió un humano quien después de hablar unos segundos con el del transporte se acercó a la jaula, introdujo su narizota entre los barrotes de la misma y me miró fijamente. Yo hice lo mismo, le clavé mi mirada asustado. Él comenzó a soltar por su boca sonidos que yo no entendía, al tiempo que sonreía y le salía agüilla por los ojos. Abrió la puerta de la jaula y me invitó a salir mostrándome su mano. Yo estaba muy cortado, la verdad, pero opté por ser cortés e hice lo que me había enseñado mi mamá: lamerle la mano con efusión. Parece que eso le gustó ya que enseguida me tomó entre sus brazos y me apretó fuerte contra su pecho que latía casi tan rápido como el mío. Desde aquel momento supe que ese viejo era mi padre adoptivo. Él sería todo para mí en el futuro. Me llamo Búl, soy un perro de la raza golden retriever y, como cualquier perro, lo que más me gusta es andar correteando por el monte, pero desafortunadamente no puedo practicarlo todo lo que quisiera ya que dependo exclusivamente del viejo, cuyo nombre es Pedro. La segunda aficción que ocupa el ochenta por ciento de mi tiempo es dormir a pata suelta. Para esto, cualquier sitio es bueno, cualquier rincón es bienvenido, aunque prefiero lo mullido y calentito del sofá en invierno y el suelo a la sombra en verano. O sea, soy un perro normal, al menos eso creo yo.

Sin embargo, viejo Pedro tiene muy buen concepto de mí. Dice que soy un perro muy equilibrado, que soy seguro de mí mismo, que inspiro confianza y seguridad en los otros miembros de la manada a la cual pertenezco y tengo el honor de liderar. El viejo Pedro dice que soy el alfa de la manada. Sus razones tendrá. Yo, la verdad, me veo muy normalito.

Durante estos 6 años de vida he tenido momentos muy felices y otros no tanto; mi intención es poder contar mis experiencias vividas, mis reflexiones, mis inquietudes, mis preocupaciones. Dicen de mí que tengo como un sexto sentido para vislumbrar los problemas de comportamiento y adaptación que surgen muy a menudo en la convivencia entre humanos y perros. Estaré a disposición de aquel que quiera consultarme cualquier cuestión relativa a este tipo de convivencia.

miércoles, 28 de enero de 2009

La perra asesina


Aproximadamente había transcurrido un mes desde mi llegada al nuevo hogar cuando de repente, y casi por arte de magia, apareció en mi condominio una perra muy parecida a mí: pelo largo y blanco, nariz negra, orejas caídas... O sea, una monería. Desde el principio nos caímos fenomenal. Nos entendíamos a las mil maravillas. Ella sabía que yo era un macho. Yo sabía que ella era hembra. Eso lo notamos en seguida, ya que tenemos un olfato prodigioso. Los humanos dicen que nuestro poder olfativo es unas 50 veces superior al de ellos. Es por eso que en el momento que nos solemos encontrar con otros congéneres lo primero que hacemos es olernos las zonas nobles, o sea, las de atrás, esas que están debajo de nuestros rabos. Al parecer segregamos unos líquidos que llevan bastante información de nosotros mismos: sexo, edad, estatus sexual...Estos líquidos se fabrican a partir de las hormonas sexuales. Y por eso son tan importantes. Y por eso es muy importante que cuando dos perros nos encontramos por primera vez nos debemos oler con tranquilidad y sin intervención de los humanos. He visto muchas peleas entre perros por culpa de los humanos, quienes impiden con sus tirones de correa que esa interacción sea espontánea y completa.


Tener una nueva compañera era genial, como dije. El viejo pedro la llamó Lisa, y con ese nombre se quedó. Lisa siempre ha tenido un especial apego al viejo Pedro. Él dice que eso se debe a que ella reconoce perfectamente al viejo como macho, precisamente por las hormonas masculinas que seguramente percibe de él. No sé si será por eso o qué otra razón hay, pero lo cierto es que los perros machos solemos congeniar muy bien con hembras humanas. Igualmente, las perras hembras suelen congeniar muy bien con machos humanos. En el fondo, subyace un motivo sexual importante como animales que somos todos. Y los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero si no existiera la reproducción no existirían los seres vivos. Ni el mundo, creo yo. Por tanto, pienso que la cuestión hormonal o sexual es la raíz de todo lo que acontece en el desarrollo de un ser vivo. En su supervivencia.


Tenía Lisa unos 8 meses cuando ocurrió una situación cuanto menos curiosa y que paso a relatar ahora mismo. Por aquellas fechas el viejo Pedro había traído a casa eventualmente un cachorro de un tamaño y raza mucho más pequeña que la mía. Se trataba de un precioso yorkshire de 2 meses. En esa época Lisa y yo solíamos dormír en la cocina tirados en una manta vieja.

El viejo Pedro nos presentó al pequeño visitante, al cual olisqueamos sin demasiado interés durante unos segundos. La verdad, aquello era poco interesante, daba poco juego y temblaba como una salchicha a la parrilla cada vez que Lisa o yo nos acercábamos a él. Después de esos momentos de presentación previa, y con la mejor intención del mundo, el viejo Pedro nos dio a los tres sendos besos en nuestros cráneos (¡qué manía tienen los humanos con besarnos ahí! no lo entiendo, en fin...). Y se despidió, como todas las noches, con un "hasta mañana guapos". Allí nos dejó a los tres. Sin imaginarse ni por un momento lo que más tarde iba a ocurrir...


No habían transcurrido ni cinco minutos desde que el viejo Pedro se marchó a su aposento cuando de repente, el pequeño yorkshire se le acercó a Lisa, la cual yacía ensoñiscada en la manta. De repente Lisa, al notar la presencia de un extraño, se levantó, se abalanzó hacia él, y sin darle la más mínima oportunidad, le asestó un tremendo mordisco a la altura de su minúsculo cuello. El pequeño soltó un agudo gemido y allí quedó tumbado, sangrando por la boca, y dando su último suspiro.

Yo observaba la escena con la tranquilidad que es innata en mí. La verdad es que me importó bastante poco que Lisa eliminara a ese pequeñajo. Quizás sus razones tendría. Quizás Lisa percibió al pequeño como una amenaza a su estatus jerárquico dentro de la casa. O quizás simplemente se lo quitó de en medio por que le estorbaba para dormir. Sea como fuere. A mí me dió exactamente igual. Al fin y al cabo, los perros somos muy primitivos y no entendemos de moral, ni de culpabilidades, ni de nada de esas cosas que les preocupan tanto a los humanos, quienes se autodefinen como el animal más evolucionado de todas las especies. A nosotros, los perros, lo que nos preocupa muy mucho es nuestra supervivencia. Y todo lo que percibimos como una amenaza a la misma lo eliminamos si está en nuestras manos. Así de simples y de claros somos. Sin rodeos.


El enfado monumental del viejo Pedro le duró unos cuantos días. Quizás él mismo falló al dejar al pequeñajo solo con nosotros. No sopesó las consecuencias y el resultado fue dramático. Dramático para él, claro. A mí me dió exactamente igual lo que pasó. Y a Lisa, al parecer, tampoco le importó mucho. Esa noche dormimos los dos a pata suelta. Sin pequeñajos rondando alrededor y sin que nadie perturbara nuestros sueños.


Por lo demás, Lisa y yo seguimos congeniando a la perfección desde el primer día. Hemos tenido 12 hijos que deben andar por algún lugar de la geografía española. No los echamos de menos para nada. A mí, lo que realmente me interesa es comer todos los días y tener un techo para cobijarme cuando hace frío. Creo que a Lisa le interesa lo mismo que a mí. Por eso nos llevamos así de fenomenal. Tal para cual.

martes, 27 de enero de 2009

Un hijo bueno

En torno a los 7 meses de edad, comencé a notar cómo mi interés por otras perras se incrementaba en presencia de tales doncellas. Cada vez que percibía olfativamente una cierta cercanía de hembras en celo me ponía como loco. Me estaba convirtiendo en un perro maduro sexualmente. Estaba realmente desquiciado cada vez que a alguna de mis congéneres le venía el período. Según tengo entendido eso les ocurre 2 veces al año; y desgraciadamente sólo en esos períodos permiten que los machos se les acerquen con fines de "algo más que hablar". No sé si me explico. Los humanos han descubierto recientemente que nosotros provenimos de los lobos, y que compartimos con ellos el 99,8% de la secuencia de ADN. Sin embargo, las lobas sólo tienen una menstruación anual. Y durante el resto del año los lobos machos son estériles. Cosa que no nos sucede a nosotros, los machos como yo, que siempre estamos preparados para disparar la escopeta a cualquier hembra que esté en sus días.
Cuando tenía 2 años, una tarde de verano, observé cómo Lisa estaba algo rara. Deduje que le había venido el período ya que prácticamente no permitía que yo me acercase a ella. Iba dejando manchas de sangre por cualquier sitio. Y yo detrás de ella, pero a distancia, ya que estaba muy irascible.
A medida que iban pasando los días desde que comenzara a manchar observé que cada vez me permitía que me acercase a ella más y más. Incluso tenía ciertos momentos de muestras de cariño hacia mí. Hasta que una mañana me acerqué demasiado a oler su parte noble cuando de repente percibí algo distinto en su comportamiento: levantaba su rabo hasta dejar completamente expuesto su sexo. Y hete aquí que me dije: -Búl, esta es tu oportunidad. No la dejes escapar!- Y Zás! ni corto ni perezoso allí que fuí. Allí mismo ataqué por la retaguardia....
Esa mañana corté las dos orejas y rabo; lo cual no está nada mal para lo inexperto que era. En esa plaza triunfé. Y con honores salí por la puerta grande, y a hombros (valga el símil taurino).
Lisa se fue poniendo cada día más gorda. Al principio yo pensaba que se debía a que comía en exceso. Pero a los dos meses de aquella monumental corrida pude observar atónito cuál era la razón verdadera de su incremento de peso corporal...
Una madrugada de Septiembre Lisa comenzó a lanzar cachorros uno tras otro, como si de un obús se tratara. Salió el primero. Y luego el segundo. Al cabo de unos minutos un tercero. Y descansó un poco. Y luego otra vez, otro cachorro más, el cuarto. Y luego vino el quinto. Y descansó un ratillo. Y ale, otra vez a empujar, hasta que salió el sexto y último. -Ya está, Lisa, te has quedado en la gloria, ya no hay más.- Y Lisa se recostó a dormir plácidamente mientras sus hijos chupaban de sus tetillas. Toda la noche así. Yo me fuí a dormir ya que por mi parte estaba todo hecho.
El viejo Pedro quiso quedarse con uno de esos cachorros para que se integrara en nuestra familia. Era un macho muy parecido a mí, y también muy parecido a Lisa. El viejo Pedro le llamó Buncho.Y con ese nombre se ha quedado.
La verdad es que el viejo Pedro siempre se ha preocupado mucho de que todos los perros que vivimos con él estemos lo suficientemente educados como para tener una convivencia lo más agradable posible. Al fin y al cabo somos dos especies distintas, con costumbres distintas, y es necesario un aporte de comprensión por ambas partes para que la adaptación sea exitosa. Para ello, el viejo Pedro nos ha ido educando a cada uno de nosotros a hacer una serie de cosas (la mayoría un tanto inútiles, pienso yo) pero que al parecer le han dado muy buenos resultados ya que hasta ahora nos llevamos todos a las mil maravillas. Dentro de ese aprendizaje al que el viejo Pedro nos sometía estaba: que nos sentásemos, que nos tumbásemos, que quedásemos quietos en un lugar, que no tirásemos de la correa cuando nos sacaba a pasear, etc. o sea, lo justo y mínimo que un humano nos pide a nosotros para que podamos convivir. Pienso que lo hizo bien con nosotros. Yo, la verdad, siempre fui bastante torpe. O sea, nunca me he considerado perro inteligente, y al viejo Pedro le costaba un poco más que aprendiera las lecciones. Pero con interés y con perseverancia, al final, lo conseguimos!
El aprendizaje de Buncho fue distinto al del resto ya que el viejo Pedro también lo incluía ya de muy cachorro (¡con 50 días!!) a los largos paseos diarios por el monte con el resto de la manada. Y en esos paseos el viejo Pedro le iba enseñando a sentarse y tumbarse, etc. Y todo eso lo aprendió mi hijo Buncho con muy poca edad. Pienso que Buncho es más inteligente que yo. Pero me da igual ya que yo, además de su padre, soy el alfa de la manada, el Líder. O al menos eso es lo que dice el viejo Pedro....