miércoles, 28 de enero de 2009

La perra asesina


Aproximadamente había transcurrido un mes desde mi llegada al nuevo hogar cuando de repente, y casi por arte de magia, apareció en mi condominio una perra muy parecida a mí: pelo largo y blanco, nariz negra, orejas caídas... O sea, una monería. Desde el principio nos caímos fenomenal. Nos entendíamos a las mil maravillas. Ella sabía que yo era un macho. Yo sabía que ella era hembra. Eso lo notamos en seguida, ya que tenemos un olfato prodigioso. Los humanos dicen que nuestro poder olfativo es unas 50 veces superior al de ellos. Es por eso que en el momento que nos solemos encontrar con otros congéneres lo primero que hacemos es olernos las zonas nobles, o sea, las de atrás, esas que están debajo de nuestros rabos. Al parecer segregamos unos líquidos que llevan bastante información de nosotros mismos: sexo, edad, estatus sexual...Estos líquidos se fabrican a partir de las hormonas sexuales. Y por eso son tan importantes. Y por eso es muy importante que cuando dos perros nos encontramos por primera vez nos debemos oler con tranquilidad y sin intervención de los humanos. He visto muchas peleas entre perros por culpa de los humanos, quienes impiden con sus tirones de correa que esa interacción sea espontánea y completa.


Tener una nueva compañera era genial, como dije. El viejo pedro la llamó Lisa, y con ese nombre se quedó. Lisa siempre ha tenido un especial apego al viejo Pedro. Él dice que eso se debe a que ella reconoce perfectamente al viejo como macho, precisamente por las hormonas masculinas que seguramente percibe de él. No sé si será por eso o qué otra razón hay, pero lo cierto es que los perros machos solemos congeniar muy bien con hembras humanas. Igualmente, las perras hembras suelen congeniar muy bien con machos humanos. En el fondo, subyace un motivo sexual importante como animales que somos todos. Y los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero si no existiera la reproducción no existirían los seres vivos. Ni el mundo, creo yo. Por tanto, pienso que la cuestión hormonal o sexual es la raíz de todo lo que acontece en el desarrollo de un ser vivo. En su supervivencia.


Tenía Lisa unos 8 meses cuando ocurrió una situación cuanto menos curiosa y que paso a relatar ahora mismo. Por aquellas fechas el viejo Pedro había traído a casa eventualmente un cachorro de un tamaño y raza mucho más pequeña que la mía. Se trataba de un precioso yorkshire de 2 meses. En esa época Lisa y yo solíamos dormír en la cocina tirados en una manta vieja.

El viejo Pedro nos presentó al pequeño visitante, al cual olisqueamos sin demasiado interés durante unos segundos. La verdad, aquello era poco interesante, daba poco juego y temblaba como una salchicha a la parrilla cada vez que Lisa o yo nos acercábamos a él. Después de esos momentos de presentación previa, y con la mejor intención del mundo, el viejo Pedro nos dio a los tres sendos besos en nuestros cráneos (¡qué manía tienen los humanos con besarnos ahí! no lo entiendo, en fin...). Y se despidió, como todas las noches, con un "hasta mañana guapos". Allí nos dejó a los tres. Sin imaginarse ni por un momento lo que más tarde iba a ocurrir...


No habían transcurrido ni cinco minutos desde que el viejo Pedro se marchó a su aposento cuando de repente, el pequeño yorkshire se le acercó a Lisa, la cual yacía ensoñiscada en la manta. De repente Lisa, al notar la presencia de un extraño, se levantó, se abalanzó hacia él, y sin darle la más mínima oportunidad, le asestó un tremendo mordisco a la altura de su minúsculo cuello. El pequeño soltó un agudo gemido y allí quedó tumbado, sangrando por la boca, y dando su último suspiro.

Yo observaba la escena con la tranquilidad que es innata en mí. La verdad es que me importó bastante poco que Lisa eliminara a ese pequeñajo. Quizás sus razones tendría. Quizás Lisa percibió al pequeño como una amenaza a su estatus jerárquico dentro de la casa. O quizás simplemente se lo quitó de en medio por que le estorbaba para dormir. Sea como fuere. A mí me dió exactamente igual. Al fin y al cabo, los perros somos muy primitivos y no entendemos de moral, ni de culpabilidades, ni de nada de esas cosas que les preocupan tanto a los humanos, quienes se autodefinen como el animal más evolucionado de todas las especies. A nosotros, los perros, lo que nos preocupa muy mucho es nuestra supervivencia. Y todo lo que percibimos como una amenaza a la misma lo eliminamos si está en nuestras manos. Así de simples y de claros somos. Sin rodeos.


El enfado monumental del viejo Pedro le duró unos cuantos días. Quizás él mismo falló al dejar al pequeñajo solo con nosotros. No sopesó las consecuencias y el resultado fue dramático. Dramático para él, claro. A mí me dió exactamente igual lo que pasó. Y a Lisa, al parecer, tampoco le importó mucho. Esa noche dormimos los dos a pata suelta. Sin pequeñajos rondando alrededor y sin que nadie perturbara nuestros sueños.


Por lo demás, Lisa y yo seguimos congeniando a la perfección desde el primer día. Hemos tenido 12 hijos que deben andar por algún lugar de la geografía española. No los echamos de menos para nada. A mí, lo que realmente me interesa es comer todos los días y tener un techo para cobijarme cuando hace frío. Creo que a Lisa le interesa lo mismo que a mí. Por eso nos llevamos así de fenomenal. Tal para cual.

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