martes, 27 de enero de 2009

Un hijo bueno

En torno a los 7 meses de edad, comencé a notar cómo mi interés por otras perras se incrementaba en presencia de tales doncellas. Cada vez que percibía olfativamente una cierta cercanía de hembras en celo me ponía como loco. Me estaba convirtiendo en un perro maduro sexualmente. Estaba realmente desquiciado cada vez que a alguna de mis congéneres le venía el período. Según tengo entendido eso les ocurre 2 veces al año; y desgraciadamente sólo en esos períodos permiten que los machos se les acerquen con fines de "algo más que hablar". No sé si me explico. Los humanos han descubierto recientemente que nosotros provenimos de los lobos, y que compartimos con ellos el 99,8% de la secuencia de ADN. Sin embargo, las lobas sólo tienen una menstruación anual. Y durante el resto del año los lobos machos son estériles. Cosa que no nos sucede a nosotros, los machos como yo, que siempre estamos preparados para disparar la escopeta a cualquier hembra que esté en sus días.
Cuando tenía 2 años, una tarde de verano, observé cómo Lisa estaba algo rara. Deduje que le había venido el período ya que prácticamente no permitía que yo me acercase a ella. Iba dejando manchas de sangre por cualquier sitio. Y yo detrás de ella, pero a distancia, ya que estaba muy irascible.
A medida que iban pasando los días desde que comenzara a manchar observé que cada vez me permitía que me acercase a ella más y más. Incluso tenía ciertos momentos de muestras de cariño hacia mí. Hasta que una mañana me acerqué demasiado a oler su parte noble cuando de repente percibí algo distinto en su comportamiento: levantaba su rabo hasta dejar completamente expuesto su sexo. Y hete aquí que me dije: -Búl, esta es tu oportunidad. No la dejes escapar!- Y Zás! ni corto ni perezoso allí que fuí. Allí mismo ataqué por la retaguardia....
Esa mañana corté las dos orejas y rabo; lo cual no está nada mal para lo inexperto que era. En esa plaza triunfé. Y con honores salí por la puerta grande, y a hombros (valga el símil taurino).
Lisa se fue poniendo cada día más gorda. Al principio yo pensaba que se debía a que comía en exceso. Pero a los dos meses de aquella monumental corrida pude observar atónito cuál era la razón verdadera de su incremento de peso corporal...
Una madrugada de Septiembre Lisa comenzó a lanzar cachorros uno tras otro, como si de un obús se tratara. Salió el primero. Y luego el segundo. Al cabo de unos minutos un tercero. Y descansó un poco. Y luego otra vez, otro cachorro más, el cuarto. Y luego vino el quinto. Y descansó un ratillo. Y ale, otra vez a empujar, hasta que salió el sexto y último. -Ya está, Lisa, te has quedado en la gloria, ya no hay más.- Y Lisa se recostó a dormir plácidamente mientras sus hijos chupaban de sus tetillas. Toda la noche así. Yo me fuí a dormir ya que por mi parte estaba todo hecho.
El viejo Pedro quiso quedarse con uno de esos cachorros para que se integrara en nuestra familia. Era un macho muy parecido a mí, y también muy parecido a Lisa. El viejo Pedro le llamó Buncho.Y con ese nombre se ha quedado.
La verdad es que el viejo Pedro siempre se ha preocupado mucho de que todos los perros que vivimos con él estemos lo suficientemente educados como para tener una convivencia lo más agradable posible. Al fin y al cabo somos dos especies distintas, con costumbres distintas, y es necesario un aporte de comprensión por ambas partes para que la adaptación sea exitosa. Para ello, el viejo Pedro nos ha ido educando a cada uno de nosotros a hacer una serie de cosas (la mayoría un tanto inútiles, pienso yo) pero que al parecer le han dado muy buenos resultados ya que hasta ahora nos llevamos todos a las mil maravillas. Dentro de ese aprendizaje al que el viejo Pedro nos sometía estaba: que nos sentásemos, que nos tumbásemos, que quedásemos quietos en un lugar, que no tirásemos de la correa cuando nos sacaba a pasear, etc. o sea, lo justo y mínimo que un humano nos pide a nosotros para que podamos convivir. Pienso que lo hizo bien con nosotros. Yo, la verdad, siempre fui bastante torpe. O sea, nunca me he considerado perro inteligente, y al viejo Pedro le costaba un poco más que aprendiera las lecciones. Pero con interés y con perseverancia, al final, lo conseguimos!
El aprendizaje de Buncho fue distinto al del resto ya que el viejo Pedro también lo incluía ya de muy cachorro (¡con 50 días!!) a los largos paseos diarios por el monte con el resto de la manada. Y en esos paseos el viejo Pedro le iba enseñando a sentarse y tumbarse, etc. Y todo eso lo aprendió mi hijo Buncho con muy poca edad. Pienso que Buncho es más inteligente que yo. Pero me da igual ya que yo, además de su padre, soy el alfa de la manada, el Líder. O al menos eso es lo que dice el viejo Pedro....

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